¿Cuántas veces me dijiste adiós?

¿Cuántas veces me dijiste adiós?

Con este relato abro la sección de “Historias de lectores”. 

Esta es la historia de una persona que se atrevió a contarme su vida. Como ya advertí, no daré nombres ni lugares reales para preservar la identidad y confianza de quien escribió. Digamos que se llama Cynthia (obvio que no es su nombre real). 

La suya es una historia de amor, despedidas, reencuentros, dolor y tiempo.

Así comienza la historia de nuestra amiga Cynthia.

«Cuando era muy joven conocí al amor de mi vida, no se trataba de mi alma gemela, sino del amor por el que darías todo, incluso venderías tu alma al diablo si fuera necesario. Ya que no quiero decir su nombre, le llamaremos J.

Lo amaba con locura, vivía solo y únicamente pensando en él.

Los años pasaron y los dos crecimos. Cuando terminé la secundaria, ingresé a la facultad y por las tardes trabajaba; J se fue al servicio militar. Ansiosa, esperaba cada uno de sus permisos para encontrarnos. Mientras él seguía en el cuartel, mi hermana, que vivía en la costa con sus hijos, me invitó a pasar un tiempo con ellos. Acepté ir para que así el tiempo de espera se me hiciera menos duro y menos largo.

Tras un par de meses en la costa con mi hermana, finalmente volví a casa y mi mejor amiga me invitó a pasar un fin de semana en la montaña junto a sus padres. Lo llamé para avisarle y cuál fue mi sorpresa al enterarme que hacía una semana que estaba de permiso. 

De permiso y en su casa… ¡y no había venido a verme!

Me puse muy triste pero, aún con mi dolor, seguí con la decisión de ir con mi amiga y sus padres a pasar el fin de semana. Mis padres me contaron que el sábado por la noche vino a verme… y yo no estaba. Volví el domingo y les pedí a los padres de mi amiga que me dejasen en su casa, pero se negaron. A lo que sí accedieron fue a hacer una parada para verlo y saludarlo. Yo estaba muy ilusionada. Me bajé del coche y me acerqué a su casa, J estaba fuera hablando con su padre. Cuando lo ví me quedé sin aire, mi corazón se desbocó, latía a un ritmo enloquecedor; estaba ansiosa por verlo. Hacía varios meses que no le veía. J estaba de espaldas y me abalancé sobre él, lo abracé por atrás, cuando se giró vi frío en su mirada, algo no iba bien. No hizo nada, ni un gesto. Solo alcanzó a decir que más tarde iría a mi casa. Esa noche mi vida cambió. Era una noche fría y oscura, era tanto el dolor que sentía que pareciera que me rasgaban el alma con un frío cuchillo. Lloré horas enteras esperándolo.

Mi amor por él siguió.

Tras varios años me casé con un hombre maravilloso (lo llamaremos L) pero jamás dejé de pensar en J. L tenía, digamos que, doble vida: tenía otra pareja pero seguía a mi lado. Quise vengarme de él y busqué a J, me costó encontrarlo pero lo logré. Bastó su mano en la mía para que todo volviera a surgir, por mi parte nunca murió lo que sentía por él. Fui suya de nuevo y puse mi mundo en sus manos. Pero… de nuevo desapareció. Otra vez me destrozó el corazón.

Con el corazón roto seguí viviendo. En poco tiempo mi madre y mi hijo murieron y el dolor se convirtió en mi eterno compañero. Me acostumbré a su ausencia y traté de ser feliz.

Con L vinieron épocas de necesidad y problemas pero seguíamos juntos. Tuvimos hijos, vinieron los nietos y pensé que la serenidad y la paz habían llegado a mi vida. En aquella época habíamos logrado encontrar la paz y formar una familia. L era un gran padre y buen compañero, y a parte de haber cariño, nuestra pareja no estaba basada en el sexo.

Pero la vida me tenía reservada una sorpresa: de pronto nos vimos luchando contra la enfermedad de L. Fueron cinco años de pesadilla. Diálisis, amputaciones y sufrimiento… hasta finalmente, su muerte.

Después de tres años de viuda, el recuerdo de aquel viejo amor volvió. Quise buscarlo pero no me atrevía, habían pasado cuarenta años desde la última vez que nos vimos; no sabía si aún estaría vivo y si, en caso de estarlo, se acordaría de mí… como yo de él. Seguramente, estaría felizmente casado. Pero mi necesidad por saber de él era inmensa. Tras una incesante búsqueda, logré encontrarme con un amigo en común el cual me dio su número de teléfono. No quise llamarlo por si se molestaba, le pedí a nuestro amigo que le preguntara si podía hacerlo. 

Pasados unos días sonó mi teléfono. ¡Era él! Creí volverme loca al escuchar su voz. Habían pasado tantos años y en consecuencia, tantas cosas… Esa conversación está en mi mente en estado de locura. Sus palabras se clavaron en mi alma al escuchar: “¿Cómo olvidarte si fuiste mi primer amor?” Reconoció que aún conservaba fotos mías y que sabía muchas cosas sobre mí, pero no quiso decirme cómo las había averiguado. Me habló de él, de su vida, de su separación hacía años; me habló también de sus sueños actuales. Pasamos hablando varias horas.

Nos llamábamos de manera frecuente, nos enviábamos mensajes… Por un tiempo volvimos a ser aquellos niños enamorados. Quedamos en encontrarnos para tomar un café. Yo estaba feliz, otra vez. Volví a vivir mi vida dependiente de él. Esperaba sus llamadas, sus mensajes… Otra vez vivía ilusionada. Dejé atrás mi tristeza, yo misma me asombraba de haber vuelto a sonreír. Comencé a cuidarme, preparaba mi cuerpo y mi piel para él. Me compré ropa y me quise de nuevo. Les conté a mis hijos y me miraron extrañados, pero me veían feliz; después de tres años de llanto, por fin volví a sonreír.

Un día, después de tres meses de llamadas, sin llegar aún a vernos, me dijo que estaba en pareja y que conmigo solo quería amistad. Yo sentí que moría, ¿cómo podría ser su amiga?

Cada vez más, los mensajes se fueron espaciando en el tiempo, yo no quería interferir en su relación pero él no se molestaba en escribirme. 

Así termina esta historia, con un mal final, dejándome, una vez más, el alma vacía. Otra vez, J me rompió el corazón. No le deseo mal, pues lo sigo amando y lo amaré hasta el último de mis días. Aunque no pueda recordarlo porque, no he vuelto a ver su cara. Su cara, su cuerpo, sus besos… ¿Qué hubiera sentido cuando sus manos me tocaran de nuevo, cuando me abrazara o cuando me tocara? Cuántas veces habré soñado con ese momento. No sé qué hubiera sentido y sé que nunca lo sabré. 

Lo que sé es que lo sigo amando y él, otra vez, se fue sin decirme adiós.«

Y así concluye la historia de Cynthia. ¿Qué te ha parecido? Deja en comentarios tu opinión para que, entre todos podamos ayudarla. La mía, la diré más adelante, cuando haya suficientes comentarios, no quiero condicionar la opinión de nadie. Solo adelanto que tiene relación con la autoestima, igual que ocurre en mi novela.

Si tú también quieres que ponga tu voz en letras, escríbeme a [email protected] o bien a [email protected]ñosdemujer.com y cuéntame tu historia, recuerda que puede ser cualquier tema. 

Te leo.

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