La alegoría del carruaje

La alegoría del carruaje

Introducción

En esta ocasión contaré una metáfora a modo de cuento. Se trata de un cuento de Jorge Bucay, sobre el que me he decidido a reflexionar.

Un día cualquiera una voz, para mí, familiar me dice desde el otro lado del teléfono que salga fuera porque me espera un regalo.  Eufórica, salgo para verlo.

¡Es un espectacular carruaje! Justamente en la puerta de mi casa. Es de madera de nogal, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica. Es muy fino y elegante. Abro la puerta de la cabina y subo. Dentro me encuentro con un gran asiento semicircular tapizado en pana bordó y visillos blancos, que le ofrecen un toque de realeza al lugar. Me siento y observo que todo está hecho a mi medida, la altura del techo, el largo de las piernas, el ancho del asiento…  es muy cómodo, no hay sitio para nadie más.

Una vez situada miro por la ventana y veo el paisaje. En un lado está mi casa, en el otro la casa de mi vecino. Entonces pienso: “¡qué regalo más hermoso!” Me quedo un rato disfrutando de esa sensación. Pasado un rato me empiezo a aburrir porque lo que veo es siempre lo mismo. Me hago preguntas como: “¿durante cuánto tiempo puede uno ver las misma cosas?” Y me convenzo de que el regalo, aunque es precioso, no sirve para nada. 

Mientras me quejo pasa mi vecino y me pregunta: “A ese carruaje le falta algo, ¿no crees?” con cara de no saber miro las alfombras y me dice que le faltan los caballos. “Por eso veo siempre lo mismo y me parece aburrido”. 

Voy hasta el corralón y me traigo dos caballos, los cuales amarro al carruaje. Me vuelvo a subir y desde dentro les doy la orden de que empiecen a andar: “ ¡eeeeaa!”

El paisaje cambia, se vuelve maravilloso y me sorprendo. Pero poco tiempo después siento que el carruaje vibra y veo una raja en un lado. Los caballos me llevan por caminos difíciles, suben por todas las veredas, me llevan por barrios peligrosos. Entonces caigo en la cuenta de que no tengo control, ellos me llevan donde quieren. Al principio era muy bonito, pero después me doy cuenta de que es peligroso, me empiezo a asustar y veo que tampoco esto sirve.

En ese momento me cruzo con mi vecino y le pido ayuda. Me dice que me falta el cochero. Con mucha fatiga y con su ayuda consigo parar los caballos. Tomo la determinación de contratar un cochero. Al poco tiempo toma funciones. Es un hombre formal y prudente, tiene cara de poco humor y mucho conocimiento. 

Pienso que ahora sí que estoy preparada para disfrutar de mi regalo. Me subo y me acomodo, le ordeno al cochero dónde ir. Él conduce, controla la situación, decide la velocidad y la mejor ruta. Yo simplemente disfruto del viaje.

Conclusión:

Nacimos, salimos de nuestra casa, y nos encontramos con un regalo: nuestro cuerpo. Al poco de nacer nuestro cuerpo manifiesta una necesidad y va a buscarla. El carruaje no serviría de nada si no tuviera los caballos, porque ellos son los sentimientos, las necesidades. 

Durante un tiempo todo marcha bien, pero pronto nos damos cuenta de que esos impulsos y sentimientos nos llevan por caminos peligrosos, con lo que necesitamos pararlos. Entonces aparece el cochero, que es la cabeza, la conciencia, el intelecto. 

El cochero solamente guía el carruaje, pero son los caballos los que tiran.

No dejes que el cochero los desatienda. Deben ser alimentados porque, ¿qué harías sin tus caballos?  ¿Has pensado qué sería de ti si sólo fueras cuerpo y cerebro? Imagina que no tuvieras deseos, ¿cómo sería la vida? Sería realmente triste: irías por la vida sin contacto con tus emociones, dejarías que sólo tu cerebro empuje tu carruaje. Naturalmente tampoco puedes descuidar tu carruaje porque tiene que durar todo el trayecto. Esto supondrá cuidar lo necesario para mantenerlo. Si no se cuida, se rompe y si se rompe…. se acabó el viaje.

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