Tarde de relax

Tarde de relax

Introducción

Laura ha quedado con unos compañeros del trabajo para hablar sobre un proyecto. Está lloviendo y no le apetece salir a la calle.

Sábado cualquiera, 5pm Tarde fría y lluviosa de las que animan a quedarse en casa viendo una peli y tomando algo caliente.

Laura había quedado en una cafetería con unos compañeros del trabajo para hablar sobre un proyecto. Se trataba de una cafetería pequeña muy acogedora, con chimenea. Apartada del bullicio de la ciudad, un lugar para relajarse y charlar cómodamente.

Tenía dudas de si salir o no. Hacía tiempo para estar en casa, en pijama (o sin él), pero en casa. Quiso inventar cualquier excusa a sus compañeros, decir que no se sentía bien y que no podría ir. Aunque ese proyecto era muy importante para su carrera. 

Quería estar en casa, meterse en la cama y disfrutar de “¿hacer qué exactamente?” – Dijo la voz en su cabeza. “ese proyecto es muy importante, es el que va a determinar nuestra carrera, ¡tenemos que ir!”. Quería ignorarla, quería decirle a su conciencia que se fuera al carajo y la dejara tranquila, relajarse y disfrutar de su hogar. “Sabes que no estarás tranquila… Venga, vístete y vámonos”. 

En ese momento sonó el teléfono, un mensaje. Era el chico con el que había estado chateando desde hacía meses, aún no se habían visto en persona ni una sola vez pero pasaban horas y horas hablando sin parar. Siempre había algo nuevo que contar, algo distinto. 

Laura le contó la situación: 

—… Pero no me apetece nada, ¡con la tarde que hace! –  Le dijo. A lo que él le respondió: 

—¿Tarde de qué? ¿De qué exactamente hace tarde? La tarde puedes hacerla como tú quieras, Laura. Puede hacer tarde de quedar con tus colegas para definir ese proyecto y ayudar a determinar tu futuro, a la vez que también puede hacer tarde de quedarte en casa, meterte en la cama y mirarte cualquier película, la cual no verás el final porque te quedarás dormida (echando tu futuro por la borda); también puede hacer tarde de ir con tus colegas, hacer que sea lo más breve posible y después volver y, ahora sí, meterte en la cama y mirar la tele (esta vez ya tranquila)… Puede hacer tarde de lo que quieras. 

—¿No hay más opciones, Pepito Grillo? Eres peor que la voz de mi cabeza, de verdad… ¡Te odio! Pero a la vez te adoro, ¡me encanta hablar contigo! –  Dijo Laura con voz apasionada. – ¡Hablamos luego, Pepe! –  (Le llamaba así por lo de Pepito Grillo, aunque ese no era su nombre, obviamente). Y se dispuso a salir para ir con sus compis. La había convencido de que no estaba en la condición de desperdiciar su vida por la pereza.

Ya en la calle, miró hacia arriba por el borde del paraguas y se dio cuenta de que era una tarde estupenda. Respiró profundamente y absorbió el olor de la lluvia, de la tierra mojada; respiró la humedad que se metió en sus pulmones y entrañas haciéndole sentir muy bien. Disfrutó del momento. Miró alrededor y todo era gris con algunos toques de color debido a los carteles y toldos de los locales y viviendas. los coches que pasaban también aportaban su nota colorida. Miró hacia el suelo y la imagen era la misma, pero difuminada.

Agudizó el oído y escuchó claramente el chapoteo de las gotas sobre su paraguas y el chapoteo de sus pies sobre el suelo mojado. La imagen le parecía preciosa. Se sentía tan bien, caminado bajo la lluvia que quiso inmortalizar la imagen para siempre. Quería pararse ahí mismo, sacar sus colores y ponerse a dibujar, pero obviamente no los llevaba consigo; se le antojó entonces hacer una foto, ¡echó tanto de menos su cámara! Al sacar el móvil cayó en la cuenta de que las fotos en estos dispositivos no reflejan la belleza real de las imágenes; así que lo único que le quedaba era guardar la imagen en su retina para después añadirla a la base de datos de su cerebro y no olvidarla jamás. Era preciosa.

Llevaba poco tiempo viviendo en esa ciudad, se había mudado allí por trabajo. Pasaba la mayor parte del tiempo trabajando y estudiando. Pocas veces podía disfrutar de la ciudad que tanto le gustaba. Aunque también anhelaba quedarse en casa las tardes de lluvia y no hacer nada en especial, simplemente relajarse y mirar a través del cristal de la ventana, ya que tenía pocas ocasiones de hacerlo. Necesitaba una tarde para ella.

Llegó por fin a la cafetería donde la esperaban sus compañeros, ansiosos de empezar a darle forma al proyecto. La saludaron afectuosamente y le ofrecieron asiento. 

—¡Hola Laura! Te estábamos esperando, creíamos que no encontrarías el lugar. Estábamos a punto de llamarte para ver si necesitabas ayuda.

—Me entretuve un poco… Pero ya estoy aquí, ¿empezamos? –  Sonrió.

Se dirigieron a una mesa y pidieron café. Hablaron sobre el proyecto, compartieron ideas, tomaron decisiones y lo definieron todo. En apenas dos horas lo tenían todo listo. Juntos trabajaban muy bien en equipo. 

Frente a ella se encontraba Raúl que la ponía muy nerviosa. Varias veces Laura bajó la mirada o la desvió hacia otro lado. Miraba por la ventana y veía las gotas de lluvia resbalando por el cristal. Esa imagen la ayudaba a relajarse. Varias de esas veces los demás compañeros la tuvieron que despertar de su trance, era eso lo que parecía, que entraba en trance. 

Raúl era un chico muy sencillo, tenía treinta y pocos años, su sencillez lo hacía mucho más interesante a los ojos de las mujeres. Tenía el cabello marrón peinado en un estilo “rebelde” que le daba un aire un poco despeinado pero con gracia, tenía los ojos grandes y oscuros, de modo que hacía su mirada profunda a la vez que transmitía tranquilidad, sinceridad y humildad. Era alto, de cuerpo esbelto y figura natural en forma de V, con cintura estrecha y hombros anchos. Tenía las facciones muy suaves, pómulos marcados y labios carnosos, de esos que apetece besar a cada rato. A los ojos de ella era físicamente PERFECTO.

Vestía vaqueros de color gris, jersey color púrpura y botines marrón claro. Todo ello de una manera tan sencilla que lo hacía super interesante. No vivía en la ciudad, así que cada día tenía que desplazarse en coche hasta la oficina.

Una vez terminada la reunión de colegas de trabajo, algunos decidieron ir a otro sitio un poco más animado a tomar una copa, alargar un poco la tarde y divertirse. Laura no sabía muy bien qué hacer, por un lado quería volver a casa, ponerse el pijama y disfrutar de “su tarde de lluvia y relax” como tanto le apetecía; por otro lado, ya había salido de casa, se había quitado el pijama y estaba fuera, “¿Qué más da” Pensó. Pero aún así seguía indecisa. Mientras que los demás estaban ya eligiendo el sitio al que ir, Raúl se acercó a ella y le dijo: 

—Laura, ¿tú qué vas a hacer? –  Fue solo un susurro que la hizo despertar. Ella le respondió que no lo tenía muy claro y le hizo la misma pregunta a él. 

—Pues…Aunque me gustaría muchísimo, creo que no voy a ir, porque tomar copas y conducir lloviendo… No me apetece mucho, la verdad… 

—¡Puedes quedarte en mi casa! —Se sorprendió por lo que acababa de decir y quiso arreglarlo —Quiero decir… que si lo ves oportuno… si ves que has bebido de más, que no estoy diciendo que tú seas un bebedor, sino que claro, estamos entre compañeros y estamos celebrando que… Y, si bebes no conduzcas, ya sabes, es decir… que si te para la policía, ¡que no estoy diciendo que te van a parar porque tú conduces mal! Pero si te ponen el globo porque vayas conduciendo mal…. que, borracho ya sabes que no se conduce bien… o… ¿Y si tienes un accidente… ¡y te matas!? …¡No! Es decir…Buff… Que si lo ves oportuno te puedes quedar en mi casa que tengo sitio —. Concluyó. Se interrogó a sí misma “¿qué coño es lo que te ocurre tía? ¿Eso qué ha sido? Podrías haber dicho solo la última frase y ya”. 

Todos la miraron sorprendidos y se echaron a reír. 

—No, déjalo, muchas gracias por el ofrecimiento pero creo que me voy a ir a casa. Ya con lo que me has dicho ha sido suficiente, jaja 

El resto de compañeros querían que los acompañase, dijeron que solamente se tomarían una copa y después todos se irían a casa. Aunque intentaron convencerle, no lo lograron. Raúl quería irse a casa.

—…Yo tampoco voy, chicos. Yo también me voy a casa a disfrutar de esta maravillosa tarde de lluvia. Nos vemos el lunes en la ofi. 

—¿Tú tampoco vienes, Laura? Tú no tienes que conducir. —Le dijo Ana. 

—Sí, es cierto, pero me apetece mucho quedarme en casa, lo entiendes, ¿verdad? —Dijo mirándola con los ojos llenos de ternura. 

Ana se conmovió, se echó a reír y le dio un beso en la mejilla para despedirse. Todos se fueron y quedaron solo Laura y Raúl.

—¿Te falta mucho para terminar el café? ¿Quieres que te acompañe mientras tanto?

Ella asintió, efectivamente le quedaba un poco, quería que la acompañara mientras hablaban. Él se acomodó en la silla y con una sonrisa le dijo: 

—Qué bien nos ha salido todo ¿eh? ¡Qué buen equipo hacemos! Deberíamos montar nuestra propia empresa. Todos somos de un sector distinto y nos complementamos mutuamente entre todos. —Laura se quedó pensando en que tal vez no era tan mala idea. 

—¿Y quién sería el jefe o jefa? 

—¡No! Nadie, todos seríamos autónomos y nos facturaríamos unos a otros. Nadie sería jefe de nadie, sino cada uno de sí mismo. Podríamos tener incluso, clientes propios, cada uno de lo suyo. 

Siguieron hablando de la idea, nada descabellada, que tenía Raúl. En ese tiempo Laura ya se había terminado el café. 

—El café se ha terminado, me gustaría seguir hablando. Me gusta mucho tu idea, Raúl. Ven, te invito a casa. Allí, si es necesario, podemos mirar cosas por internet.

Él la miró con ilusión, pues la idea le rondaba por la cabeza desde hacía algún tiempo y no sabía a quién contarla ni cómo se la tomarían. A Laura, por ahora, le estaba gustando. Eso lo hizo feliz. 

Miraron por la ventana y vieron que seguía lloviendo, así que pensó que sí, que lo mejor era acompañarla con el coche ya que de no ser así Laura llegaría a su casa hecha una sopa. 

Salieron a la calle y llovía mucho, se dirigieron al coche que, afortunadamente, se encontraba muy cerca. Aún así no pudieron evitar mojarse un poco los bajos de los pantalones. Al verlo, se miraron de manera cómplice, se rieron y subieron al coche. Pusieron rumbo a casa de Laura que no estaba muy lejos. 

Al llegar, Raúl tuvo que dar varias vueltas para encontrar un aparcamiento ya que todo estaba lleno. Así que solo tenía la opción de dejar el coche un poco lejos de la casa de Laura. Acordaron que era mejor si ella se quedaba en casa mientras él seguía buscando, así no se mojaría tanto. Un gesto muy amable por su parte. Ella le agradeció su amabilidad y se bajó del coche en la misma puerta de su casa, donde Raúl la había dejado. “¡Qué caballeroso es este chico!”, pensó. 

Al bajarse del coche y entrar a casa se dio cuenta de que tenía los pantalones muy mojados, así que decidió cambiarse y ponerse algo seco para evitar un resfriado. Encendió la calefacción y seguidamente se metió en el dormitorio para cambiarse. Se vistió un pantalón de color rosa, que aunque le marcaba mucho el trasero, la hacía sentir muy cómoda, también se cambió la camiseta y se quitó el jersey de lana que llevaba. Se puso una camiseta ajustada de algodón. Tenía una imagen muy sexy y tierna, a la vez. 

En ese momento Raúl llamó al timbre, fue a abrir intentando por el camino, recogerse el pelo en un moño, sin darse cuenta de que tenía los pezones duros por el frío y se le transparentaban por la camiseta.

—¡Hola! —Dijo sonriendo mientras el moño se deshizo y cayó un mechón por su cara. 

Observó que estaba mojado aunque llevaba el paraguas que ella le había dejado en el coche para que lo utilizase. ¡Y es que llovía a cántaros! 

En el momento en que él la vió se quedó paralizado por la imagen tan bonita que tenía delante. Nunca antes había visto a Laura así, al natural. Sin querer miró sus pezones duros y su cuerpo se calentó. Bajó la vista avergonzado sin saber qué decir ni qué hacer.

—¿Te vas a quedar toda la tarde ahí?

Lo hizo pasar y se quedó mirándolo mientras él se sacudía los zapatos en el felpudo con la cabeza agachada porque le daba vergüenza mirar a su compañera a la cara. A toda prisa le dijo que se quitase esa ropa mojada que traía. 

—¡No vaya a ser que pilles un resfriado! —Le argumentó. 

Se quitó el jersey y comprobaron que también la camiseta interior que tenía puesta estaba mojada por la parte de arriba de la espalda. Ni corta ni perezosa le dijo que también se la quitase. Raúl se puso rojo de vergüenza porque no quería quedarse sin camiseta delante de una compañera del trabajo, a lo que ella le restaba importancia y se la daba al hecho de que podía coger un resfriado. Mientras lo hacía ella lo observaba y le pareció muy sexy. Se ruborizó y quiso disimular. Miró los pantalones de Raúl y con una sonrisa pícara lo invitó a que también se los quitara. 

—Laura, no. No voy a desnudarme en tu casa ni delante de ti… ¿Estamos locos? Por dios, ¡que somos compañeros de trabajo!  

Ella soltó una carcajada y lo hizo pasar al baño mientras fue a la habitación a buscar algo para prestarle. 

—¡No tengo nada de chico! ¿Te vale una bata? —Gritó desde el cuarto. 

—Sí, eso estaría bien. ¡Gracias!

Mientras se quitaba los pantalones, no lograba quitarse la imagen de los pezones duros de su compañera y lo sexy y tierna que se veía. En ese momento comprobó que tenía una erección y le dió tanta vergüenza que no quería salir del baño para que Laura no lo viera así. Se echó agua fría como pudo para intentar bajar esa calentura que de pronto le había dado. Cuando todo pareció volver a la normalidad salió del baño y comprobó que Laura le había dejado colgado en el pomo de la puerta un albornoz blanco que le quedaba un poco pequeño, se lo puso y al atarlo a su cintura, éste no le cerraba bien y dejaba al descubierto parte de su pecho y abdomen. Bromeando exclamó: 

—Me queda un poco grande el albornoz. Tu novio es algo más pequeño que yo… 

Desde el fondo se escuchó a Laura decir: 

—Es mío. No tengo novio, vivo sola. Ya te he dicho que no tengo nada de chico —. Algo dentro de él se alegró, entonces soltó una sonrisa.

Mientras tanto Laura cogió la ropa de Raúl y la puso en los radiadores para que se secase sin quitarse de la mente la imagen tan sexy que había visto de Raúl al quitarse la camiseta. 

Él salió del baño con los pantalones en la mano.

—¿Dónde los pongo? 

Laura sonrió sin mirarlo y le dijo que los pusiera sobre uno de los radiadores mientras salía de la cocina con una bandeja en la que había dos tazas llenas de algo humeante y un plato con algunas galletas. 

—He hecho infusión para que nos calentemos un poco y así evitar resfriarnos, siéntate, por favor. 

Él la observó y comprobó lo tierna y dulce que era. No se parecía a la chica que él conocía de la oficina, para quitar tensión quiso bromear: 

—¿Dónde está mi compañera de trabajo? 

Ambos se rieron y se sentaron a la mesa. Ella lo miró y vió lo sexy que estaba con el albornoz entreabierto. Se puso roja y miró hacia abajo. Cada uno tomó una taza y bebieron un sorbo de esa bebida que les hizo sentir muy bien y aplacar un poco el frío que traían. 

Se quedaron en silencio unos segundos saboreando la infusión. Raúl, para romper el silencio incómodo que de pronto se creó exclamó: 

—Mmmm… ¡Qué rico! ¿Qué es? 

—Es té de manzana y canela. Esta infusión es ideal para esos días en que sientes que necesitas regalonearte un poco. Además tiene las propiedades de la manzana que ayuda al sistema digestivo, nervioso y cardiaco. La canela, además, ayuda a combatir la diabetes tipo 2, y tiene propiedades antibacterianas y antiinflamatorias. Osea que para el día de hoy… va de perlas. Además tanto la canela, como la manzana y la miel, los tres juntos son un buen afrodisiaco… 

Raúl se retorció en la silla.

—Vaya, veo que conoces bastante sobre infusiones. 

—Bueno, me gusta saber un poco de todo. Y, ahora sígueme contando sobre lo que estábamos hablando en la cafetería, esa idea de ser autónomos… montar una empresa y… 

Raúl no podía dejar de admirar la belleza de la chica que tenía enfrente, aunque siempre la había visto como una chica muy bonita, nunca la había mirado con otros ojos que no fueran sino de compañera de trabajo y es que la imagen de sus pezones duros no paraba de darle vueltas en la cabeza y no lograba concentrarse en otra cosa. Quiso recomponerse y disimular un poco, así que empezó a contarle de cosas que había pensado, de cómo sería todo. Mientras que ella lo miraba atentamente con los ojos abiertos y la cara enrojecida por el calor que le proporcionaba la infusión. Esa imagen le parecía asombrosamente bella. 

Laura, por su parte, no podía parar de mirarlo pues sus facciones, sus gestos, su sensualidad natural mezclado con su humildad y ahora parte de su pecho asomando por el albornoz… Hacían que todo el conjunto fuera simplemente maravilloso. Raúl era prácticamente PERFECTO y ella lo miraba embobada, como si estuviera viendo realmente una obra de arte. Aunque no lo sabía, estaba loca por él. Observaba con detalle cómo él también se ponía rojo por momentos debido también al calor de la infusión a la vez que comprobaba que cada vez le brillaban más los ojos, era brillo de felicidad; debía de estar hablando de algo muy interesante pues ese brillo no era normal. Laura no le estaba prestando nada de atención, pues estaba inmersa en la belleza de Raúl. 

Miró por la ventana y se acordó de un detalle: las pocas ganas que tenía antes de ir a la cafetería y las muchas que tenía de quedarse en casa disfrutando de la tarde de lluvia en casa. Lo mucho que le apetecía una tarde de relax. ¿Y si ese relax fuese con Raúl? Entonces se imaginó a ella arrancándole el albornoz y subiéndose encima de él. Cuando de pronto, algo la sacó de su “sueño”…

—¿Laura? ¿Me estás escuchando? Te he hecho una pregunta, ¿te encuentras bien? Mira que si quieres me voy y otro día hablamos…

—¿Qué? ¡Ah sí! Claro, claro… Me parece perfecto. 

—¿Quieres que me vaya a casa? Ah, ok. —Dijo bajando la cabeza y en un tono algo triste.

—¿Qué? ¡No! ¿Porqué? ¿Acaso no estás agusto? 

—A ver, yo sí. Pero parece que tú no, ¿te aburre lo que te estoy contando? 

—No, no. ¿Cómo crees? ¡Qué va! Es que por un momento dejé de prestar atención, me acordé de una cosa… Lo siento…

—Ah, vale. ¿Va todo bien? Si te sientes en confianza, puedes contarme. Si quieres, claro…

—No es nada importante. Es que antes no me apetecía nada salir. Quería quedarme en casa y disfrutar de ver la lluvia por la ventana. Una pequeñez, ya ves. —Añadió sonriendo.

—Bueno, no tan pequeñez. La verdad es que los días así invitan a quedarse en casa. ¿Te cuento un secreto? A mí tampoco me apetecía salir, también me hubiese gustado quedarme en casa. Pero ya ves, al final…

Ambos se rieron. 

—Bueno, si los dos nos hubiésemos quedado en casa, ahora no estaríamos aquí juntos disfrutando de la compañía del otro. A fin de cuentas… estamos en casa disfrutando de la lluvia, yo creo que así se agradece más. Después de salir…

—¡Y coger frío! —La interrumpió.

—¡Sí!

Las risas continuaban.

Hubo un momento en que se miraron a los ojos, se sonrojaron y se quedaron en silencio. Silencio que duró unos segundos hasta que ambos se sintieron incómodos y quisieron disimular. 

—¿Y si ponemos algo de música? ¿Te apetece? —Dijo Laura por romper la tensión que se causó en apenas unos segundos. 

—Sí, eso estaría bien. —Respondió él aliviado.

—¿Te apetece algo de música clásica? 

—Sí, está bien. 

—“El vals de las flores”. ¡Me encanta! ¿A ti te gusta? Si no podemos poner otra cosa, ya sabes que en Youtube hay de todo. 

—No, no. Eso está bien. 

Laura se dirigió hacia la mesilla en que estaba el portátil. Se agachó, lo encendió y puso a sonar la música. 

—Ah… ¡Tchaikovsky! Ya no existen músicos tan buenos.

La música empezó a sonar y Laura se giró hacia su invitado para comprobar si le gustaba la música que había elegido y si se encontraba a gusto. Comprobó su cara de satisfacción.

—Bueno, y después de esta leve pausa… Sígueme contando, Raúl. A esta música le pega una buena charla.  

Por su parte Raúl la miraba embobado. Al agacharse, tuvo una perspectiva perfecta de su culo. Volvió a recordar sus pezones duros y su cara enrojecida por el calor de la infusión. La imagen le resultaba tremendamente angelical. No recordaba haber visto algo tan perfecto en mucho tiempo. Su mente lo traicionó y la imaginó en la intimidad, con la cara sonrojada por la excitación y no pudo contener otra erección. Al volver a la realidad por la voz de Laura, se dio cuenta de lo que ocurría y sintió tanta vergüenza que no podía responder.

Sería un momento perfecto para ir al baño pero si se ponía de pie ella podía ver con detalle la erección, ya que estaba justo enfrente suyo y el albornoz que llevaba puesto no le cerraba del todo, con lo que dejaba casi por completo a la vista sus partes vulnerables. Se retorció en su asiento y cruzó las piernas para apretar su miembro y hacer que, al menos, fuese menos notorio ese bulto. Pero sus intentos eran en vano, pues cuanto más se rozaba más excitado estaba. Se notaba que algo no iba bien, pues sus movimientos no eran naturales. Entonces la expresión de su cara, que antes era de satisfacción, ahora había pasado a desagrado.

Laura observaba cómo su cara cambiaba por momentos y lo miró extrañada. 

—¿Te ocurre algo? 

Raúl no sabía qué responder y sudoroso le reveló la verdad. 

—Tengo que confesarte algo, Laura… Te juro que yo no había preparado ni pensado nada. Pero al entrar a tu casa todo ha cambiado. En cuanto me has abierto la puerta, al principio, te he visto y… Nunca he tenido este tipo de pensamientos hacia ti… Siempre había pensado que eres hermosa pero te juro que nunca pensé que esto sería así. Y es mejor que me sincere aunque me eches de tu casa a patadas, y es que no aguanto más. Laura… Tengo una erección. —Dijo poniéndose en pie y abriendo el albornoz,  dejando al descubierto el bulto de su entrepierna.  

Mientras él hablaba, la expresión de la cara de ella era de interrogación porque, obviamente no sabía qué ocurría ni qué quería decirle pero al concluir su monólogo y observar ese bulto  no sabía si sentir vergüenza o lanzarse a los brazos de aquel chico tan guapo que estaba en su casa casi desnudo.  

En ese momento sonó un ruido, algo parecido a una alarma, Laura abrió los ojos, se giró en la cama y vio que se trataba del móvil. ¡Las 5 de la tarde! Miró por la ventana, estaba lloviendo. Había quedado con unos compañeros del trabajo pero se estaba tan agusto en casa…

Cree en ti y todo será posible

Antes de marcharte tengo que decirte una última cosa: 

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